Quarta-feira, 8 de Janeiro de 2014

Rubén Darío

 

¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!

 

 

¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el ala de la mariposa
nuestro brazo que deja el pensamiento escrito.
Nuestra infancia vale la rosa,
el relámpago nuestro mirar,
y el ritmo que en el pecho
nuestro corazón mueve,
es un ritmo de onda de mar,
o un caer de copo de nieve,
o el del cantar
del ruiseñor,
que dura lo que dura el perfumar
de su hermana la flor.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!
El alma que se advierte sencilla y mira claramente
la gracia pura de la luz cara a cara,
como el botón de rosa, como la coccinela,
esa alma es la que al fondo del infinito vuela.
El alma que ha olvidado la admiración, que sufre
en la melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar malamente y duramente, anida
en un nido de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh, miseria de toda lucha por lo finito!


 

Nocturno

 

 

Los que auscultasteis el corazón de la noche,
los que por el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un eco vago, un ligero ruido...

En los instantes del silencio misterioso,
cuando surgen de su prisión los olvidados,
en la hora de los muertos, en la hora del reposo,
¡sabréis leer estos versos de amargor impregnados!...

Como en un vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos recuerdos y desgracias funestas,
y las tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo de mi corazón, triste de fiestas.

Y el pesar de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida del reino que estaba para mí,
el pensar que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño que es mi vida desde que yo nací!

Todo esto viene en medio del silencio profundo
en que la noche envuelve la terrena ilusión,
y siento como un eco del corazón del mundo
que penetra y conmueve mi propio corazón.


 

Lo fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

 

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

 

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...


¡EHEU!

 

Aquí, junto al mar latino, 
digo la verdad: 
siento en roca, aceite y vino, 
yo mi antigüedad.

 

¡Oh, qué anciano soy, Dios santo, 
oh, qué anciano soy!... 
¿De dónde viene mi canto? 
Y yo, ¿adónde voy?

 

El conocerme a mí mismo 
ya me va costando 
muchos momentos de abismo 
y el cómo y el cuándo...

 

Y esta claridad latina, 
¿de qué me sirvió 
a la entrada de la mina 
del yo y el no yo?...

 

Nefelibata contento, 
creo interpretar 
las confidencias del viento, 
la tierra y el mar...

 

Unas vagas confidencias 
del ser y el no ser, 
y fragmentos de conciencias 
de ahora y de ayer.

 

Como en medio de un desierto 
me puse a clamar; 
y miré el sol como un muerto 
y me eché a llorar.

publicado por C. às 13:26
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