Domingo, 6 de Janeiro de 2013

ADIÓS, POETA...

 

«Pablo Neruda iniciaría a partir de entonces una larga y compleja evolución, un proceso de conocimiento desengañado, seguido de un esfuerzo de voluntad y de disciplina que casi siempre se sobreponía, al fin, al desengaño. Lo curioso es que yo, a partir de esas ingenuidades y esas inexperiencias, que habían servido, de algún modo, para disculparme, emprendería el recorrido inverso: empezaría a sentir la fascinación de la izquierda e incluso de su dogmatismo, de su actitud totalizadora y simplificadora. Caería en esos vertiginosos extremos, como mucha gente de mi tiempo, y después iniciaría una curación lenta, impulsada por algunos de los sucesos más dramáticos de nuestra época: el discurso de Nikita Kruschev sobre los crímenes de Stalin, la revolución cubana u sus accidentes, Mayo del 68 en París, la Primavera de Praga y su abrupta interrupción, la Unidad Popular Chilena y su caída…El muro de Berlín, agrego ahora, y lo agrego con un dejo de satisfacción personal, caería cuando los muros míos, mis prisiones mentales, ya se habían desplomado por completo (o casi por completo)… »(p.50)

 

«A mediados de la década del cincuenta, Neruda asumía, para mí y para muchos de mis amigos, la figura de un poeta del pasado, un personaje mítico, que ahora, en el presente, se repetía, o practicaba un verso más fácil y circunstancial. Mi fascinación nunca degastada consistía en pensar que esa persona, a quien yo veía con relativa frecuencia, era la misma, por increíble que eso pareciera, que había llegado de Temuco a Santiago, allá por el año veinte, y había escrito Crepusculario, Veinte poemas y Tentativa del hombre infinito; (…)» (p.72)

 

«Llegar a París e ingresar en el mundo literario y artístico latinoamericano fue un proceso paralelo, paradójico y paralelo. Me fascinaba de antemano París, ciudad que había visitado durante una semana en 1960, pero no se me había ocorrido que en aquellos años fuera la capital, o, por lo menos, una de las grandes capitales, de la cultura de América Latina, y empecé a saberlo muy pronto, desde los primerísimos días de mi llegada. Me encuentro, por ejemplo, en los salones de Bernard Colin y de la chilena Margot Rivas, en la Rue Jacob, entre dibujos de Henri Michaux, cuadros de Wols, de Bettencourt, de Dubuffet, de Enrique Zañartu, de Roberto Matta o Roberto Sebastián Matta, como le ha dado en esos días por llamarse, o Matta, tout court. Jean Supervielle, hijo del célebre poeta Jules Supervielle y director de programas en español en la radio francesa, casado con nuestra amiga de los años cincuenta en el Parque Florestal de Santiago, Beatriz Peteatkowicz, se me acerca y me pide que participe en una mesa redonda sobre libros franceses, «Literatura al día». Se graba los miércoles a las diez de la noche, en los estudios de la avenida François Premier. Tendré como compañeros de discusión, aparte del mismo Supervielle, a un escritor y autor de teatro español que reside en París, Carlos Semprún Maura, hijo de un diplomático de la República y nieto de don Antonio Maura, el primer ministro conservador de los tiempos de Alfonso XIII, y a un joven cuentista y novelista peruano que se inicia en las letras, un joven modesto, que se gana la vida con dificultad. Supervielle considera que el peruano es un poco cerrado de mente, demasiado aficionado a los esquematismos de la izquierda. No tiene idea de qué cosas escribe y sospecha que su trabajo creativo no le va a gustar, pero reconoce que el muchacho ha leído muchísimo, sobre todo para su edad, y que es notablemente inteligente, a veces brillante. Cómo se llama? Se llama, dice Supervielle, Vargas Llosa, Mario Vargas Llosa.

(…)

La conversación de Mario, a pesar de las advertencias de Supervielle, me indicó de inmediato que me encontraba frente a una personalidad literaria de primera línea. Aunque uno podía discutir todas y cada una de sus afirmaciones, era siempre original, audaz, excepcionalmente informado, apasionado e inventivo. Esa noche, en ese café cercano a los estudios de la avenida François Premier, se armó una discusión encendida, verdadera batalla campal, sobre Tolstoi y Dostoievsky. Mario se proclamaba adorador fervoroso de Tolstoi, sobre todo el de La guerra y la paz, y sostenía que Dostoievsky era excesivamente subjetivista, intimista, psicológico. A él le interesaban los novelistas ambiciosos, que se esforzaban como titanes para salir de su yo y construir mundos novelescos objetivos, variados, completos, que pudieran levantarse frente a la realidad real como realidades ficticias, totales, elaboradas con una intención totalizadora.

Por su lado, Carlos Semprún defendía a Dostoievsky con exaltada furia. Decía que su genio creativo era muy superior al de Tolstoi y decretaba que Vargas Llosa estaba dominado por el espíritu  de sistema, por la obsesión del pensamiento lúcido y organizado, en desmedro de la intuición, de la atención al lado oscuro de las cosas. Yo, a todo esto, lector reciente de Tolstoi, pero seguidor fervoroso de Dostoievsky en mi adolescencia, me declaraba admirador de ambos, y sostenía que defender a uno en contra del otro no tenía el menor sentido. Ellos representaban temperamentos diferentes, diferentes actitudes, diferentes maneras de concebir la literatura, pero todas eran válidas, y citaba, a propósito, el célebre ensayo de Thomas Mann sobre Tolstoi y Goethe, ensayo que definía maravillosamente, en contraste con esos dos «genios naturales» y de la naturaleza, el lugar de Dostoievsky y también de Schiller, hombres del espíritu, con sus luces y sombras y sus aspectos enfermizos.» (pp.109-111)»

 

«Tres años más tarde, exactamente en la víspera de mi segunda salida de La Habana, donde había actuado esta vez durante tres meses y medio como encargado de negocios del Chile de Salvador Allende, Fidel Castro me diría secamente que esa etapa de amistad de la Revolución con los intelectuales de izquierda de Europa y de América Latina había llegado a su fin. El izquierdismo de toda esa gente era una simple moda de salón, una frivolidad deleznable. La Revolución ingresaría en un período de profundización, de cambio cultural, y sólo confiaría en los revolucionarios probados.» (p.175)

 

«(…)Matilde había tenido tiempo de esconder las hojas del dictado entre las páginas de unas  revistas amontonadas en una bandeja artesanal de Chiloé, colocada al pie de la cama. El capitán, claro está, no buscaba literatura; el capitán registraba la habitación en busca de armas o de guerrilleros escondidos entre la ropa colgada, y Pablo le dijo, entonces:

-Busque, nomás, capitán. Aquí hay una sola cosa peligrosa para ustedes.

El oficial dio un salto.

-Qué cosa?-preguntó, alarmado, llevándose una mano, quizás, a la funda de su pistola.

- La poesía!- dijo el Poeta, y suponemos que el oficial, aliviado, se encogió de hombros y pensó que se trataba de una broma de esos pájaros raros que son los escritores. (…)» (pp.303-304)

 

- “El niño perdido”- Memorial de la Isla Negra (retirado adiós poeta p. 306)

…y a veces recordamos

Al que vivió en nosotros

Y le pedimos algo, tal vez que nos recuerde,

Que sepa por lo menos que fuimos él, que hablamos

Con su lengua,

Pero desde las horas consumidas

Aquél nos mira y no nos reconoce…

 

 

ADIÓS, POETA…Pablo Neruda y su tiempo de Jorge Edwards, Tusquets Editores (Fabula)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

publicado por C. às 18:30
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