Segunda-feira, 4 de Março de 2013

Nas horas que me pertencem

«ESTADOS DE CONCIENCIA

Sabia que era un ladrón. Pero la categoria en que se colocaba no le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estuviera en consonância con su estado interior. Existia otro sentimiento y ése era el silencio circular entrado como un cilindro de acero en la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquello que no se relacionara con su des­dicha.

Este círculo de silencio y de tinieblas interrumpía la continuidad de sus ideas, de forma que Erdosain no podia asociar, en el declive de su razonamiento, su hogar llamado casa con una institución designada con el nornbre de cárcel.

Pensaba telegráficamente, suprimiendo preposiciones, lo cual es enervante. Conoció horas muertas en las que hubiera podido cometer un delito de cualquier naturaleza, sin que por ello tuviera la menor noción de su responsabilidad. Lo­gicamente, un juez no hubiera entendido tal fenómeno. Pe­ro él ya estaba vacío, era una cascara de hombre movida por el automatismo de la costumbre.

Si continuo trabajando en la Companía Azucarera no fue para robar más cantidades de dinero, sino porque esperaba un acontecimiento extraordinário, inmensamente extraor­dinário, que diera un giro inesperado a su vida y lo salvara de la catástrofe que veia acercarse a su puerta.

Esta atmosfera de sueno y de inquietud que lo hacía cir­cular a través de los dias como un sonâmbulo, la denominaba Erdosain «la zona de la angustia».

Erdosain se imaginaba que dicha zona existia sobre el nivel de las ciudades, a dos metros de altura, y se la representaba graficamente bajo la forma de esas regiones de sali­nas o desiertos que en los mapas están reveladas por óvalos de puntos, tan espesos como las ovas de un arenque.

Esta zona de angustia era la consecuencia del sufrimiento de los hombres. Y como una nube de gás venenoso se trasladaba pesadamente de un punto a otro, penetrando murallas y atravesando los edifícios, sin perder su forrna plana y horizontal; angustia de dos dimensiones que guillotinando las gargantas dejaba en estas un regusto de sollozo.

Tal era la explicación que Erdosain se daba cuando sentia las primeras náuseas de la pena.

—iQué es lo que hago con mi vida? —decíase entonces, queriendo quizás aclarar con esta pregunta los orígenes de I«la ansiedad que le hacia apetecer una existência en la cual el manana no fuera la continuación del hoy con su medida de tiempo, sino algo distinto y siempre inesperado, como en los desenvolvimientos de las películas norteamericanas, donde el pordiosero de ayer es el jefe de una sociedad secre­ta de hoy y Ia dactilógrafa aventurera una multimillonaria de incógnito.

Dicha necesidad de maravillas que no tenía posibles satisfacciones —ya que él era un inventor fracasado y un delincuente al margen de la cárcel— le dejaba en las cavilaciones subsiguientes una rabiosa acidez y los dientes sensibles como después de masticar limón.»

 

Los siete locos de Roberto Arlt, Ed. Cátedra, pp. 85-86

publicado por C. às 13:21
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