Quinta-feira, 28 de Março de 2013

Nas horas que me pertencem

Mi companero y yo luchábamos sistematicamente contra la molicie. Sabíamos muy bien que ella era poderosa y que se aduenaba facilmente de los espíritus de la casa. Habíamos observado como, agazapada en las comidas hiertes, en los muelles sillones y hasta en las melodias lânguidas de los boleros, aprovechaba cualquier instante de flaqueza para tender sobre nosotros sus brazos tentadores y sutiles y envolvemos suavemente, como la emanación de un pebetero.

Había, pues, que estar en guardia contra sus asechanzas; había que estar a la expectativa de nuestras debilidades. Nuestra habitación estaba prevenida, diríase exorcizada contra ella. Habíamos atiborrado los estantes de libros, libros raros y preciosos que constantemente despertaban nuestra curiosidad y nos disponían al estudio.

Habíamos coloreado las paredes con extraños dibujos que dia a dia renovábamos para tener siempre alguna novedad o, por lo me­nos, la ilusión de una perpetua mudanza. Yo pintaba espectros y animales prehistóricos, y mi companero trazaba con el pincel transpa­rentes y arbitrarias alegorias que constituían para mi un enigma indescifrable. Teníamos, por último, una pequena radiola en la cual en momentos de sumo peligro puníamos cantigas gregorianas, sona­tas clásicas, o alguna fustigante pieza de jazz que comunicara a todo lo inerte una vibración de ballet.

A pesar de todas estas medidas no nos considerábamos enteramente seguros. Era a la hora de despertamos, cuanclo las golondrinas (eran las golondrinas o las alondras?) nos marcaban el tiempo desde los tejados, el momento en que se iniciaba nuestra lucha. Nos provocaba correr la persiana, amortiguar la luz y quedamos tendidos sobre las duras camas, dulcemente mecidos por el vaivén de las horas., Pero estimulándonos reciprocamente con gritos y consejos, saltabamos semidormidos de nuestros lechos y corríamos a través del co­rredor caldeado hasta Ia ducha, bajo cuya agua helada recibíamos la primera cura de emergência. Ella nos permitia pasar la manana con ciertas reservas, metidos entre nuestros libros y nuestras pinturas. A veces, cuando el calor no era muy intenso salíamos a dar un paseo entre las arboledas, viendo a la gente arrastrarse penosamente por las calzadas, huyendo también de la molície, como nosotros.

 

La Molicie, “ Cuentos de Circunstancias”, Cuentos Completos, Julio Ramón Ribeyro, Alfaguara, p. 102

publicado por C. às 08:58
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