Sexta-feira, 28 de Dezembro de 2012

Asfixia-Busco un libro que me salve la vida, aunque no figure entre los diez mejores del año

Desesperado, entro en la Fnac a la caza de un libro que me salve la vida. Arrastro la desesperación desde la Casa del Libro y sigo con ella hasta La Central, la nueva tienda de los alrededores de Callao. Un libro que me salve la vida, pero del que no me haya hablado nadie todavía, que no haya salido en los periódicos, que no se encuentre entre los diez mejores del año, quizá que ni siquiera se haya publicado, aunque misteriosamente esté ahí, para mí, y nos reconozcamos al instante. Con la desesperación intacta, abandono la zona y bajo al metro donde una pareja de adolescentes, junto a la máquina expendedora de billetes, se salvan la vida el uno al otro a cuchilladas, si sus lenguas fueran dos cuchillos. Eso es salvarse la vida con desesperación, me digo, mientras la máquina me da un sablazo. Ya en el tren, una mujer ecuatoriana observa con desasosiego la pantalla del móvil a la espera de una llamada, de un mensaje, de un whatsApp que le salve la vida. Y estos que ahora entran a tocar la guitarra están pidiéndonos en realidad que les salvemos la vida. Arriba la gente hace cola frente a los establecimientos de Apuestas y Loterías del Estado para adquirir un décimo, otro, ahora el del Niño, que les salve la vida. Sálvame la vida, suplican a la lotera, pobre, que despacha la suerte ella misma con el agua al cuello, sin atreverse a gritar socorro por si el socorro estuviera contemplado en la Reforma Laboral como causa objetiva de despido. Hasta los maniquíes de los escaparates, asmáticos perdidos, te piden con desesperación que les salves la vida. Me salve usted la vida, por favor, gritan disimulando el ventolín. Llevamos aquí desde las siete, dice alguien, sin especificar si de la mañana o de la noche, desde la siete, insiste, y no me salva nadie de esta jodida ciudad de un millón de muertos, que decía el poeta.

 

 28 Dez 2012 (el país)

 

Este texto é delicioso...

Fico a pensar nos livros que, a cada momento, me salvaram-a vida.

publicado por C. às 19:24
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Domingo, 14 de Outubro de 2012

Nas horas que me pertencem

 

«Hace años escribí un reportaje sobre una maníaco-depresiva, una bipolar, que vivía en Madrid. A medida que me enumeraba sus síntomas, yo me acordaba de mi madre. Ese paso de la euforia a la depresión, del cielo al infierno, esa caída…Yo soy, creo, un poco maníaco-depresivo, aunque procuro no exteriorizar las alegrías excesivas ni las aflicciones exageradas. Tanto unas como otras se dan en registro más mental que físico. Atravieso épocas de grandes ensoñaciones, donde me imagino llevando a cabo extrañas conquistas, y por instantes de gran abatimiento, de desánimo, que me ponen los pies en el suelo. En el abatimiento hay, curiosamente, momentos de enorme dicha (otra vez el bisturí que daña y cura al mismo tiempo): cuando comprendo que si no tengo nada que perder puedo arriscarlo todo. Tales ensoñaciones guardan relación frecuentemente con proyectos narrativos. El placer, al imaginarlos, es tan intenso que elimina cualquier posibilidad de llevarlos a cabo. Siempre tengo que cuidarme eso. Hay historias que me invaden, que llenan mis noches y mis días sin llegar a nada, sin transformarse en nada, sin sentido aparente.» (p. 35)

 

 

Miré y vi una perspectiva lineal de mi calle, pues en la zona donde se encontraba la tienda la acera se ensanchaba, de forma que el edificio formaba un extraño recodo. Me pareció una tontería, al menos durante los primeros minutos, pasados los cuales tuve una auténtica visión. Era mi calle, sí, pero observada desde aquel lugar y ras del suelo poseía calidades hiperreales, o subreales, quizá oníricas. Entonces no disponía de estas palabras para calificar aquella particularidad, pero sentí que me encontraba en el interior de un sueño en el que podía apreciar con increíble nitidez cada uno de los elementos que la componían, como si se tratara de una maqueta. Vi la puerta de mi casa, desde luego, pero también la fábrica de hielo, la mercería, la panadería, el taller del escayolista, el del recauchutador, la academia de mecanografía…Quizá debido a la hora, la calle despedía el fulgor que debe quedar tras un ataque nuclear. Más que mi calle, era una versión mística de mi calle.» (p.48)

 

Aquel verano empezó a ocurrir otro fenómeno: me quedaba dormido en cualquier momento, en cualquier parte. Creí que era un secreto mío hasta que escuché que mi madre se lo comentaba a mi padre con preocupación. Mi padre dijo que necesitaba vitaminas y eso fue todo. Pero yo no necesitaba vitaminas. Al contrario, fuera cual fuera la causa de aquella debilidad, lejos de eliminarla, convenía aumentarla, convenía aumentarla, pues el sueño se convertió en una experiencia fabulosa. Ahora, desde la perspectiva confusa de la madurez, no sería capaz de establecer dónde se encontraba la frontera entre el sueño y la vigilia, ni siquiera qué me ocurrió a un lado y qué al otro de esa frontera. El sueño tenía mayor capacidad de contagio que la vigilia; lo contaminó todo, y para siempre. (…)» (p.51)

 

El mundo de Juan José Millás, Planeta

publicado por C. às 22:14
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